Un viaje incómodo para la alta comisionada

Esta semana los que trabajamos como periodistas en Ginebra hemos dormido poco, y no sólo por la ola de calor que nos envuelve sino también por la cumbre de ministros de la Organización Mundial del Comercio. Las negociaciones que en ella ha habido (muy importantes, aunque hay que ser un poco friki de la economía para estar al día de ellas) han monopolizado nuestros envíos de información, aunque en medio de ese jaleo también ha habido un importante hecho relacionado con el mundo de las relaciones internacionales ginebrinas: el anuncio por parte de la chilena Michelle Bachelet de que dejará en agosto el cargo de alta comisionada de las Naciones Unidas para los derechos humanos. Su mandato de cuatro años finaliza el 31 de ese mes, y ha optado por no aspirar a una reelección.

El anuncio se produce apenas dos semanas después de que Bachelet llevara a cabo un viaje a China que despertó mucha expectación meses antes de que empezara. Un viaje que incluyó una visita a Xinjiang, región en la que desde hace casi una década, según ONGs y gobiernos occidentales, cientos de miles de uigures y otros pueblos musulmanes han sido encerrados en campos de reeducación, como respuesta de Pekín a cierta ola de atentados yihadistas que hubo antes.

Una vez concluida la visita, los mismos gobiernos occidentales y ONGs han lanzado duras críticas a Bachelet, alegando que la alta comisionada se prestó a un viaje que aprovecharon las autoridades chinas para maquillar sus presuntos abusos en Xinjiang. Les molestó particularmente, por ejemplo, que en la rueda de prensa que dio Bachelet en China al término de su viaje se refiriera a lo que en Occidente llaman campos de reeducación como «centros vocacionales de educación y formación», adoptando con ello la retórica de las autoridades chinas. Éstas, que durante años negaron la existencia de estos campos o centros, acabaron diciendo que sí existían pero que eran una especie de lugares de formación profesional. Por otra parte subrayaban que los habían creado para combatir el avance del yihadismo en Xinjiang, y que éste había descendido desde su existencia, con lo que sí daban a entender que sus fines eran políticos.

Lo que sale si googleas «centros vocacionales en Xinjiang».
Lo que sale si googleas «campos de reeducación en Xinjiang».

Entre los mayores críticos del viaje de Bachelet ha figurado la célebre ONG estadounidense Human Rights Watch, que junto a otras dijo en las semanas previas que ese viaje no debía producirse. Tras la visita, el director de la ONG, Kenneth Roth (quien por cierto también deja pronto el cargo, tras ostentarlo casi 30 años) subrayó que Bachelet, al haber sido presidenta de su país antes que alta comisionada, tenía un perfil inadecuado para el cargo: demasiado diplomática y poco crítica. En los 30 años de existencia del cargo, éste lo han ostentado perfiles «políticos» como el de Bachelet, pero también otros más «activistas», y las ONGs parecen preferir estos segundos, generalmente abogados o jueces con experiencia en derechos humanos.

Éstas y otras críticas han llevado a muchos a creer que el viaje a China ha sido una «tumba» para Bachelet, si bien ella ha defendido que su decisión de dejar el cargo la había tomado hace dos meses, ya antes de ir a China, y se la había notificado al secretario general de la ONU Antònio Guterres, por lo que según ella ir a Xinjiang no ha tenido nada que ver con su retirada. También conviene recordar que su país vive una gran efervescencia política (nueva constitución, giro a la izquierda) y que ella se ha mostrado muy interesada en regresar a la arena nacional de su país (en diciembre de 2021 incluso participó activamente en la campaña electoral).

Hay que añadir que el cargo de alto comisionado, bastante complicado porque implica criticar los abusos de derechos humanos de muchos gobiernos de diverso pelaje, no ha durado mucho en las manos que lo han ostentado: La única que ha renovado por más de un mandato (normalmente de cuatro años) fue la sudafricana Navi Pillay, y ni siquiera en su caso estuvo dos mandatos, sino uno y medio (seis años). Pillay es el perfil que seguramente gusta a las ONGs: fue magistrada en el tribunal internacional que juzgó el genocidio en Ruanda, más tarde fue una de las juezas de la Corte Penal Internacional, y aún hoy sigue al pie del cañón, siendo una de las expertas de la Misión de Investigación de la ONU para los Territorios Palestinos Ocupados.

La marcha de Bachelet, tenga o no relación con su viaje a China (por lo menos, ha coincidido casi en el tiempo), me hace reflexionar sobre las contradicciones del activismo crítico con China. Al régimen comunista se le condena internacionalmente, y en parte con razón, por abusos en Xinjiang, en el Tíbet, en Hong Kong, contra muchas religiones, contra activistas de todo tipo, contra abogados, periodistas… En esas condiciones, y sin verdadera prensa independiente en China (tampoco la extranjera suele serlo), quizá la única opción es que observadores lo más objetivos posible puedan viajar a ese país, pero, como vemos, sus visitas serán muy criticadas si no copian o al menos se acercan a las críticas que anteriormente se han lanzado. Aunque no se trate de un tema de derechos humanos propiamente dicho, hemos visto algo parecido el año pasado con el viaje de expertos de la OMS a Wuhan para analizar los orígenes del coronavirus. O decían claramente que el virus lo fabricaron y soltaron deliberadamente desde un laboratorio, o eran unos «cerebros lavados».

Estos críticos obviamente tienen un papel que cumplir, pero creo que no pueden, sinceramente, tener la ingenuidad de creer que un visitante del exterior de China va a lanzar críticas abiertas y condenas a ese país estando en su territorio. Es más, ¿conocéis algún ejemplo de un político que estando en otro país de visita lo empiece a poner a caldo? No hace falta que sea China: me vale cualquier otro lugar. Se agradecen enlaces a vídeos de YouTube.

Bien es cierto que en el caso de Bachelet hay otro tema que ha podido pesar en la fama que ha tenido durante su mandato, entre las ONGs, de ser benevolente con China: un famoso informe que según ella misma lleva años preparando la oficina que dirige sobre presuntas violaciones de derechos humanos en Xinjiang, pero que lleva mucho retrasándose. Cada cuatro meses más o menos se reúne el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, y en esos encuentros de un mes de duración se publican y debaten informes de este tipo sobre abusos en diversos países, pero el de China sigue sin salir. Es obvio, aunque la ONU no lo reconoce, que China lleva tiempo presionando para que el informe no salga a la luz: es posible incluso que el viaje de Bachelet a Xinjiang fuera una concesión a cambio de no publicarlo. Si así fuera, a Pekín el regateo le ha salido perfecto.

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