Veinte años de exilio

El 11 de septiembre de 2001 es una fecha para la historia que este fin de semana se ha recordado emotivamente en muchos medios al conmemorarse su 20 aniversario (¡veinte añazos ya de algo que en mi mente ocurrió AYER!). Para mí, como ya he contado muchas veces, fue mucho más importante el día siguiente, el 12 de septiembre de 2001. Ese día tomaba por primera vez un vuelo desde Madrid a Pekín, a donde partía inicialmente para trabajar un año. Mi sobrina, con la que vi en directo por el telediario cómo se caían las Torres Gemelas -todos nos acordamos de lo que hacíamos y con quién estábamos en ese momento- me acompañaba también al aeropuerto al día siguiente: ella también ha tenido veinte años muy nómadas e interesantes, pero ésa es otra historia y no es asunto mío contarla.

Desde entonces llevo dos décadas en el extranjero: 17 años los pasé en la capital china, y los tres últimos mucho más cerca de España, en las afueras de Ginebra. Mi vida, por ahora, tiene dos partes muy diferenciadas, separadas por aquel miércoles en el que iba a Barajas sin saber muy bien si mi avión iba a despegar,  teniendo en cuenta el cisco mundial que se había montado el día anterior.

Eso de «exilio» que he puesto en el titular de hoy es, obviamente, una aberrante exageración. Ni huí de España, ni me fui forzado por razones políticas o económicas: quería simplemente salir de mi país, conocer ese mundo que me había atraído desde niño, cuando con seis años hojeaba atlas y memorizaba banderas. Distintas razones, entre las que la inercia no ha sido la menos importante, me han llevado a seguir fuera de España, aunque como mínimo vuelvo a ella una vez al año, algo que ni siquiera la pandemia ha conseguido frenar.

Mi estancia en China me permitió ser testigo de su ascenso como superpotencia: casi nada más llegar, el país ingresaba en la Organización Mundial del Comercio, un suceso al que pocos dieron importancia pero que metió al país de lleno en las redes comerciales mundiales y le ayudó a que en apenas 10 años pasara de ser la séptima potencia económica mundial a la segunda, adelantando poco a poco los PIBs de Italia, Reino Unido, Francia, Alemania y finalmente Japón. Puede que no haya sido el suceso más espectacular de los telediarios de los últimos 20 años, pero seguramente ha sido de los que más consecuencias han tenido. Ahora dicen que pronto sobrepasará a Estados Unidos como primera economía global, y algunos aseguran que ya lo ha hecho.

China construyó rascacielos por todas partes, globalizó el centro de sus ciudades con Starbucks y Zaras, cambió sus coches Xiaoli por BMWs, pero políticamente mantuvo el mismo sistema, autoritario y muy limitador de la sociedad civil (represor, dirán muchos), que ya tenía en los 70. Respecto a la retórica del partido único, fue casi la misma que la de los años 50.

En lo personal, hice amigos, me eché novias, tuve experiencias de todo tipo, aunque a veces me entra la duda de si quedándome en España, un país que habla mi idioma y tiene mi cultura, podría haber tenido experiencias aún mejores: intento que la idea no me quite demasiado el sueño, porque ese tiempo no se puede recuperar y lo que hay que hacer es aprovechar el que venga, pero es verdad que la duda está ahí. Supongo que hay gente que en su día tuvo la oportunidad de viajar, la rechazó, y ahora vive mi situación opuesta, preguntándose a veces qué habría sido de su vida si hubiera salido del cascarón. Menos mal que el lema del equipo de mi pueblo es «no reblar», es decir, «no retroceder».

En todo caso, como periodista y aficionado a la historia (aunque nunca podré dedicarme a ella profesionalmente, debido a mi memoria de grillo), me alegro de haber sido testigo de uno de los cambios históricos más importantes de los albores del tercer milenio, como es el ascenso de China, el regreso de China. Aunque siento haberme perdido los cambios que también ha habido mientras en España, que puede que haya cambiado aún más, aunque sus cambios no tengan consecuencias tan globales. Ya sabéis: el sistema democrático nacido en la transición entró en crisis cuando en Nueva York hubo cayó otro gigante (Lehman Brothers en 2008), y ello trajo una inestabilidad que nos ha dejado una abdicación real, mucha conflictividad social, el auge de los populismos (incluido el independentista catalán) y hoy en día el refugio en identitarismos que a mí no me atraen tanto como sí me atrajo en su día el 15-M.

Y con estas reflexiones quizá algo deslavazadas conmemoro mis veinte años en el exterior, edulcorados, todo sea dicho, por el hecho de que vivimos en una sociedad hiperconectada en la que me entero con la misma rapidez que vosotros de las noticias que ocurren en España, o de las de China ahora que estoy a 10.000 kilómetros de ella. No me llegan tan rápido los chismes de mi pueblo, pero qué se le va a hacer.

3 Comentarios

  1. Yo conmemoró tus 20 años – te sigo desde 2010 que es cuando me vine a asía y desde entonces sigo allí. Sin ser 20 años , la pregunta que te haces me la hago tb yo – hubiese mejor haberse quedado en España y estar más cerca de los “tuyos” . No lo sé , pero no sirve de mucho hacérsela ya que no podemos cambiar la historia . Pero si que es verdad que haber experimentado el crecimiento de China es un hecho histórico muy interesante de vivir solamente comparable con el ascenso de los USA de ppios de los 1900s. Yo llevaba toda la vida quejándome que vivimos un periodo histórico aburrido y de repente llego 2020…

  2. Pues, felicidades por tu veinte cumpleaños en el exterior.Y no hay duda de que el tiempo en que viviste en China, y los viajes que te pegaste allende otros países, son un bagaje cultural y experiencias que no hubieras desarrollado tanto si hubieras estado en nuestro país.

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