Vuelta a China con cine sobre Japón

Ya estoy de vuelta por Pekín, después de algo más de un mes de vacaciones en España, donde me pillaron desprevenido magnos acontecimientos como la triste muerte de Liu Xiaobo. Pero no perdí el tiempo en tierras españolas, ya que en ellas pasé muy buenos ratos con la familia, los suficientes como para echarles mucho de menos durante los 11 meses de “destierro” que me esperan hasta mi próximo viaje.

El trayecto de vuelta hasta China no fue tan bonito como el de ida (buena parte lo hice de noche, y el Himalaya estaba nublado) pero al menos en él viajé por primera vez en el avión más grande del mundo, el Airbus A380 (menudo gigante, y qué suave se aterriza con él) y vi unas cuantas películas interesantes. No es la que me gustó, pero una de ellas, la que más pega en esta web de temas asiáticos, fue “Silence”, la última de Martin Scorsese.

Aunque sea Scorsese, no esperéis un filme de mafiosos en una jungla de asfalto: “Silence” cuenta una dura historia basada en hechos reales sobre los jesuitas portugueses que fueron perseguidos en el Japón del siglo XVII, cuando el cristianismo que habían llevado Francisco Javier y otros a esas tierras lejanas fue prohibido. El filme muestra el fervor religioso con una pasión que parece sacada de Marcelino Pan y Vino, y las duras pruebas a las que son sometidos los sacerdotes lusos se le hacen al espectador largas y dolorosas como un ascenso al monte Calvario con cruz a cuestas. La película es complicada y requiere estar preparado física y mentalmente para verla, pero es recomendable, que para eso es de Scorsese. Y un punto muy a favor del film: a Carlos Boyero, para variar, tampoco le ha gustado.

La película gira sobre todo en torno a la fe religiosa y cómo puede afectar ésta a la mente del hombre, aunque también hay otros temas secundarios interesantes, como el de la universalidad o no de ciertos valores. En la película se discute en un par de ocasiones -los mejores diálogos de la peli, para mi gusto- si el cristianismo se puede o no adaptar al mundo oriental, aunque también se podrían debatir del mismo modo otros valores occidentales, desde el sistema político al económico.

Mención aparte merecen las localizaciones de la película, que en sus primeros minutos ocurre en Macao y en el resto del filme se traslada a la costa de Japón, cerca de Nagasaki, que fue el principal foco del cristianismo en el archipiélago nipón. Todas estas escenas se rodaron o se recrearon digitalmente en Taiwán, a medio camino entre ambos países, porque el director taiwanés Ang Lee le recomendó a Scorsese hacerlo en lugares como el parque nacional de Yangmingshan, en el norte de la isla fermosa. Se me ha ocurrido que a lo mejor los japoneses no quisieron que se rodara en su país esta película que los retrata de forma bastante negativa, aunque no puedo asegurar, ni he leído en ningún sitio, que haya habido quejas en Japón sobre este film.

También merece la pena contar aquí que para la producción de la película Scoresese contó con la ayuda de los jesuitas que viven en Taiwán, especialmente el sacerdote español Alberto Núñez, que asesoró a los actores sobre cómo actuaban los curas jesuitas de hace 300 años. Además, Núñez llegó al rodaje de forma muy atípica, como resultado de una desventura: durante el rodaje falleció al caer de un andamio un trabajador, el cura fue llamado para rezar un responso por el fallecido, y allí se cruzó con Scorsese.

Alberto Núñez

Núñez, bilbaíno de 56 años, es miembro de la importante e influyente comunidad de jesuitas, muchos de ellos españoles, que vive en Taiwán, que podemos considerar descendiente de figuras como Francisco Javier o Mateo Ricci, esos sacerdotes que en los siglos XVI y XVII tuvieron un importantísimo papel en Asia a la hora de acercar las culturas oriental y occidental. Aunque a veces, como muestra la película, sus labores se convirtieran en un auténtico calvario.

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