Wenchuan, diez años después

Mi viaje a Huashan, del que os hablaba en el anterior post, en realidad era un alto en el camino a la vecina provincia de Sichuan, ya que estos días estoy en esa sempiternamente lluviosa zona del centro de China con ocasión del décimo aniversario del terremoto de Wenchuan, que el 12 de mayo de 2008, hace hoy exactamente una década, causó cerca de 90.000 muertos y desaparecidos (lleva el nombre de la comarca donde tuvo su epicentro, aunque arrasó muchos otros sitios). Aunque los terremotos en China son, desgraciadamente, algo habitual, éste fue el peor sufrido por el país desde el que en julio de 1976 causó alrededor de 240.000 muertos en Tangshan, relativamente cerca de Pekín.

El terremoto de Wenchuan es para mí una importante parte de mi vida y de mi carrera, quizá la cobertura más intensa que he tenido. Estuve aquí en mayo de 2008, pocos días después de que ocurriera el terremoto, volví en mayo de 2009 para ver cómo iba la reconstrucción y la recuperación de las gentes, y heme aquí nuevamente en 2018. Las tres visitas han sido muy diferentes, aunque en todas hubo momentos muy emotivos. No soy muy dado a expresar externamente mis emociones internas, pero en muchas ocasiones de esta semana se me ha hecho un nudo en la garganta que ha costado un rato desanudar, como me pasó en 2008 y en 2009.

En las tres ocasiones visité los dos lugares que más atención mediática recibieron en el terremoto: el pueblo de Yingxiu, el más cercano al epicentro (donde murieron unos 2.500 de sus 10.000 habitantes) y la ciudad de Beichuan, que aunque está lejos del epicentro, en otro valle, se vio igualmente afectada y fue la localidad donde más gente falleció, unas 20.000 personas.

Ambos lugares han evolucionado de manera diferente. Los habitantes de Yingxiu siguen viviendo allí, aunque se fueron de una orilla del río que pasa cerca a la otra y las autoridades dejaron las ruinas del instituto local como recuerdo de la tragedia. Por su parte, Beichuan quedó abandonado, se construyó un Nuevo Beichuan para los supervivientes a 30 kilómetros del antiguo, y las ruinas de éste se han conservado casi como quedaron hace una década, reforzadas con alguna barra de acero para que no se caigan del todo, a modo de inmenso y macabro museo de lo que los chinos ya denominan el “Gran Terremoto del 5.12”. Las fotos que acompañan el texto de hoy son de ese “museo” en la actualidad.

Tanto en Yingxiu como en Beichuan se han construido enormes monumentos memoriales, rodeados de verde césped y erigidos en lúgubre mármol negro, en los que era inevitable, aunque no por ello agrada, que la propaganda comunista se colara entre los trágicos recuerdos. Es cierto que los soldados chinos jugaron un papel primordial en las operaciones de rescate, y que salvaron cientos o miles de vidas, pero quizá no hacía falta tanta militarización de las exposiciones de fotos, tanto lema revolucionario en los carteles rojos de las paredes, o que en Yingxiu se haya construido una estatua con una gigantesca bandera roja al lado de las ruinas del instituto. O que en los dos lugares el silencio de las ruinas se vea roto por música de trompeta en plan funeral de Estado, sonando hasta la extenuación por los altavoces.

A nivel personal, me impresiona que algo que considero parte de mi biografía haya sido transformado por los chinos, en sólo 10 años, en un pedazo de su Historia revolucionaria, en un lugar para el turismo. No estoy en contra de ello, que conste: detesto la gente que critica a los que visitan lugares marcados por un negro pasado, yo creo que es bueno recordarlos, y si se viaja a ellos de forma respetuosa no hay ningún problema (yo mismo he ido a Hiroshima, al museo del 11-S y a otros lugares similares, que nunca olvidaré). Pero en este caso, al haberlo vivido relativamente en primera persona, me siento un poco raro (y viejo). Es extraño que un lugar que olía literalmente a muerte hace 10 años, que todavía estaba rodeado de cobertizos temporales para los supervivientes hace 9, hoy sea recorrido por coches eléctricos para turistas, tenga carteles indicadores en cinco idiomas y abra una tienda de flores en su centro para los que quieran realizar ofrendas.

Los supervivientes, que en muchos casos perdieron a sus seres queridos, supongo que se sienten mucho peor. Ayer hablé con una pobre mujer que perdió a uno de sus hijos en el instituto de Yingxiu que ahora está conservado como ruinas, y para ella seguramente no es agradable estar a pocos metros de éstas cada día. La mujer y muchos otros de la zona vivían antes del campo y ahora se les dieron pequeños hoteles y restaurantes a modo de indemnización. Me preocupa su futuro, porque quizá con el paso de los años la memoria del terremoto se irá difuminando -el tiempo borra hasta lo más horrible- y la gente dejará de ir a estos sitios a interesarse por su historia y rendir homenaje a los fallecidos.

De todos modos, los protagonistas de esta Historia que ya está en museos y memoriales son gente endurecida por la vida: personas increíblemente fuertes que sabrán salir adelante, de la misma manera que hace diez años salieron vivos de los escombros.

Actualización (20-5-2018): China Daily publicó esta foto a vista de dron del día del homenaje en Yingxiu:

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